Había muerto Sofía Rocha, mi profesora de teatro a quien tanto quería. En el velorio me encontré con mis amigos del teatro, entre ellos, Jean Pierre y Paula. Viendo la muerte tan de cerca decidimos abrazar una vez más la vida. Jean Pierre generosamente nos ofreció jalarnos en su carro a donde sea que teníamos que ir. Yo tenía una reunión en Miguel Dasso. En el camino hablábamos sobre la vida. Yo estaba con el corazón roto y al mismo tiempo, inspirada. Antes de bajarme del carro les dije: “La vida es una amigos lindos, hay que disfrutarla, vernos más, juntémonos pronto con toda la tribu, cantemos, juguemos, sigamos creando…” En ese estado de trance en el que uno entra cuando se muere alguien cercano, reconociendo que nada importa tanto si al final todos nos vamos a morir, me bajé del carro. Las palabras que pronuncié resonaban en mi corazón mientras caminaba pensativa por la vereda. De pronto me doy cuenta que sentía muchísimo aire en la zona baja del cuerpo. Consternada, miro hacia abajo y me doy cuenta que se me había caído la falda y que estaba caminando en calzón. Sí, en calzón, por Miguel Dasso. El tiempo se detuvo ¿Dónde rayos está mi falda y por qué estoy caminando en calzón? Ese pensamiento pasaba rápidamente por mi cabeza mientras intentaba descubrir dónde estaba la falda. La encontré: estaba unos metros más allá. Fui corriendo a agarrarla. Esos 4 segundos en los que fui por ella han sido los segundos más largos de mi vida. Realmente el tiempo es relativo. Dado que era una falda envolvente no era fácil ponérmela de nuevo. Desesperada por tener ropa encima intenté colocarla sobre mí y no podía, no lo lograba. Sin saber qué hacer, me atreví a levantar la mirada y encontré la camioneta de mi amigo que me había jalado. Corrí hacia ella y con desesperación toqué la puerta para que me abra, para así poderme vestir adentro del carro. Sólo atiné a entrar a la zona del copiloto para encontrarme a Jean Pierre y Paula llorando de la risa. Yo también empecé a reír a carcajadas. Fue muy gracioso pasar de un momento tan profundo a uno tan ligero en pocos segundos. Felizmente tenía puesto un calzón rosado que me hace sentir bailarina de ballet. Quizás fue la misma Sofía, que traviesa como siempre fue, me quitó la falda. La muerte finalmente nos lleva a la vida. Todavía no sé si hubieron más testigos de esta escena. Recordarla me hace reír. Ahora, cada vez que me pongo una falda, me la amarro con triple nudo, por si acaso.