La dolorosa belleza de nacer

Me estoy muriendo y se siente bien; y al mismo tiempo, no. Pero sí, bien.

Una gran oscuridad se asoma a través de mi pequeña intensa turbulenta mente para mostrarme el camino hacia la luz.

No me nace moverme mucho. No puedo hacer deporte. No puedo sostener mucho tiempo el afuera. Tengo que ir una y otra vez hacia adentro para recordar quién soy, para recordar que mi esencia es el amor. Para recuperar la confianza. Confiar.

Sólo quiero estar adentro. Adentro mío, conmigo. Adentro mío con otros que me hagan sentir que el movimiento es hacia adentro, y no hacia afuera. No quiero responder preguntas ni hacerlas. Estoy respirando, sosteniendo mi existencia desde mi espíritu, enviándole paz y calma a todo aquello que está irresuelto en mi cuerpo, en mi psique, en mi alma, en todo mi ser… ¿Cómo estás? Ahí estoy.

Y por más horrible que por momentos pueda parecer, es un regalo. El monstruo es un ángel. De hecho, es hermoso. La oruga en el capullo siente paz.

Hoy pensé…”¿Y si todo esto que siento realmente le está ocurriendo a mi abuela materna, o a mi madre, a través de mí? Cierro los ojos e imaginariamente me convierto en ellas. Me doy cuenta que soy toda la humanidad. Entonces algo cambia…crece el amor, crece la capacidad de mandar luz y compasión a toda esa oscuridad, porque al hacerlo, mi abuela sana, mi madre sana, la humanidad sana y yo no existo.

Es más fácil amar a otros que amarse a uno mismo; hasta que uno entiende: es lo mismo.

Amar. Y al mar también.

Vanidad cae, Humildad crece.

Ego cae, Servir se enaltece.

Morir, duele. Y en ello…¡Qué hermoso es nacer!