Tenía 6 años, estaba en segundo grado. Mis profesoras me escogieron para ser la maestra de ceremonias en el día de la madre, disfrazada de un bombón. El show era sorpresa, mis padres no podían enterarse de lo que iba a ocurrir. Fue así como mi ángel de la guarda, mi hermana Alejandra, que desde siempre fue tan buena, se ofreció a ayudarme a aprender todo el guión para “el show”. Constaba de unas palabras de bienvenida y una lista enorme con todos los regalos para nuestras madres. Cada una de mis compañeras de clase sería un regalo y aparecería en el escenario cuando yo la llamara. Repasé algunas tardes aquel papel con mi hermana, que con mucha paciencia me ayudaba a memorizar. Finalmente llegó el día. Recuerdo estaba emocionada ya que era una sorpresa para mi mamá. Disfrazada de un bon o bon (yo era ese regalo) me acerqué al micrófono lista para empezar lo que sería, sin saberlo, mi primer show de IMPRO. No me acordé de nada de lo que había memorizado. Mi mente se puso en blanco. Entonces, me empecé a reír (me dio ataque de risa) y narré literalmente todo lo que me estaba pasando por la cabeza al público: “No me acuerdo de nada de lo que tenía que decir.” Todos reían y yo reía con ellos. “Había una lista. Creo que primero le tocaba al perfume y luego a la botella de Champagne”. Todos reían y yo también. Me acuerdo de ese momento como un sólo de risas. Me reí en el micrófono, horas, y resulta que mi maravilloso “error” fue apreciado. Yo me sentía liberada al poder simplemente ser tal cual. Inconscientemente acabé haciendo mi primera muestra de “impro”. Hasta ahora lo recuerdo. Fue un desastre y al mismo tiempo fue increíble. Tanto así que hicieron que lo repita para el día del padre. Esta vez ya no me dieron guión y simplemente me hicieron improvisar. Desde chica sufría de ataques de risa y parece que estos eran contagiosos. Traigo esto a la luz porque la niña bon o bon me ha dejado una gran lección: abrazar la espontaneidad, decir la verdad, darle bienvenida a no ser perfectos, a reír a carcajadas, a ser natural. Esa frescura de esa niña que se paró frente al micrófono quiero conservarla siempre. Este es un escrito que nace para no olvidarlo. Me gusta escribir y actuar. El año pasado hice 6 meses de IMPRO y fue increíble. La improvisación me reconectó con mi capacidad de jugar, de entregarme al espacio vacío como lo hacíamos de niños, siendo de verdad. Si lo que está ocurriendo es real, es genial. No hay mejor actuación que la que no se actúa. La vida es una obra de teatro y todo esto es un juego. Como adultos, los quiero invitar a jugar, volver a imaginar, crear. Convivir con la ligereza y la profundidad. He ahí la gran clave. Que viva el arte y la risa. Riamos siempre y juguemos más. Todos somos artistas.