La lección del cashew

Todos tenemos días accidentados. Era martes, estaba en la selva y con el pie izquierdo me había levantado. Mi piel era color azul gracias al huito, fruto que te tiñe 8 días con su color. Era la mujer avatar y me sentía genial. Me gusta experimentar: la vida, un lugar para jugar.
Me levanté emocionada porque ese día haría cerámica. La clase era a la hora de almuerzo por lo que muy precavida decidí prepararlo con tiempo. Puse a hervir zanahorias, me fui del espacio y desapareció el tiempo. Ya en clase, dando forma a mi tinaja, recordé el almuerzo. Exaltada llamé a Celinda, quien cuida el lugar donde me hospedo. Confirmó la noticia: la olla y zanahorias se habían incinerado. Volví pronto a limpiar mi accidente culinario y a pedir disculpas por mi olvido extraordinario.
Pasada la tarde, estaba inquieta. Quería jugar y en eso recordé que sobre mi mesa había un cashew por liberar. Me lo había regalado un amigo. El fruto es del tamaño de una manzana y el cashew se encuentra escondido en la raíz. Con ánimos de sacarlo, la mordí. Un río color blanco salió y en mi boca desembocó. Mis labios, lengua y garganta se quemaron. Me estaba incendiando. Corrí a buscar a Celinda, me abrió la puerta de su cuarto. Le pedí disculpas una vez más. Me mandó a la posta, quedaba a tres cuadras. Botando fuego corrí de prisa. Era la mujer azul y al mismo tiempo, un dragón. Un hombre me recibió, me dio una pomada. Se quedó asombrado: me vio toda pintada, con la boca en llamas. Me dijo que hay tener más cuidado: los frutos y plantas se defienden de sus depredadores de formas inesperadas. Al día siguiente amanecí con la boca marrón. Celinda tocó mi puerta, nos sentamos y entre risas me preguntó: “¿Maria José, ayer qué te ha pasado? La olla, las zanahorias, el cashew. Olvidaste también cerrar el caño y si no me hubiera dado cuenta todo se hubiera inundado…” Caí en cuenta que debo prestar más atención a mi acción, del aire bajar y la tierra pisar. Y la lección del cashew: tener cuidado y no seguir a mi instinto animal, muchas veces por hacerlo, no acabo en buen lugar. Si algún día con un fruto suculento te has de encontrar, recuerda no morderlo y ser más perspicaz.