Mi mamá se llama Patricia Lucila Josefa. Hija de Isabel Llosa García y de Gonzalo Bustamante Olivares. Tiene 4 hermanos: Alejandro, Gonzalo, Lucía y Mauricio. Todos viven y yo los quiero mucho.
Mi madre fue la que me enseñó a escribir. Recuerdo cuando fuimos a Paracas, con algunos de mis tíos. Yo tenía 9 años y había llevado un cuaderno en blanco. Desde siempre el arte fue mi forma de existir.
Mi madre, que es el mar, tiene un don peculiar: aunque llueve y truene, rechine los dientes, caiga o “golpee”; me hace sentir que es una fuente de amor incondicional.
Su fortaleza es enorme, la cual se engrandece con su vulnerabilidad. Desde chica me enseñó que está bien llorar y caerse para luego volvernos a levantar. Su espíritu es sabio y está muy conectado con la fuente, Dios o como la quieran llamar.
Entonces, cuando estuvimos allá, en Paracas, nos fuimos al desierto. Estando frente a él puedo sus palabras recordar: “Antes de escribir debes tus ojos cerrar, sentir el viento y sólo escuchar”. Ese día lo hicimos juntas y fue muy especial. Y así, desde los 9 años de edad, cerré los ojos para ver más allá.
Mi madre me ha dado tanto que las palabras no me alcanzan. Su presencia, su nobleza, reina de la resiliencia, eterna belleza y amor incondicional.
Mi madre es poeta, habla con las plantas y los pájaros. Siente y escribe. Y en los momentos más críticos los más sabios consejos me da. Ella celebra mi libertad.
Siempre ha estado y siempre estará. A veces de sólo imaginar que algún día se irá, el aire se me va. Pero luego sonrío porque sé que ella habita en todo y ahí la puedo encontrar: al mirar las aves; sentir el viento; tocar la tierra o entrar al mar.
Gracias mamá por ser poesía y por todo lo que me das. Me diste pluma y espíritu para crecer. Y fuiste el más milagroso canal: el que junto a mi padre me dio vida para poder aquí estar.
De verdad gracias, gracias una vez más.