Hoy es cumpleaños de mi padre, Gonzalo. Uno de los seres más especiales que la vida me ha regalado. Mi rama del árbol masculina, que junto a mi querida madre, me han permitido nacer.
¡Cómo no quererlo tanto! Realmente amo a mi padre, con su personalidad tan distinguida, y ese sentido del humor que simplemente me hace morir de risa cada 5 segundos. Cuando pienso en él, se me llenan los ojos de lágrimas, porque su existencia me causa mucha ternura. Realmente me hace reír y llorar.
El vive con el corazón en la mano, todo el tiempo. No sabe vivir de otra forma. Siempre está sintiendo alguna emoción con intensidad: alegría, dolor, tristeza, rabia. Siempre. O siente mucho amor a la vida, o de la nada una tristeza que lo mata, rencor hacia la injusticia cometida por un político, amor ferviente a Jesucristo, amor al panetón, odio al panetón. Un día no puede más de la alegría de vivir, y otro se siente cerca de la muerte. Amor a correr, odio a caminar. Amor a caminar, odio a correr. Locura. Santidad. Amor. Rencor. Amor. Odio. Alegría. Vida. Muerte. Arriba, abajo. Abajo, arriba. No es indiferente a NADA, todo le causa alguna emoción. El vive así: intensamente, viajando con mucha pasión en el mar de la polaridad que es casa de todos nosotros, seres humanos.
Desde chica recuerdo cómo nos pedía manifestaciones de amor de formas un poco maquiavélicas, pero al mismo tiempo muy auténticas, que el día de hoy, al recordarlas, me hacen sonreír y por alguna razón, me hacen quererlo más. Su alma sensible y su corazón de niño nos hacía preguntas de vida o muerte. SIEMPRE. Todos los días, antes de ir al colegio… “Ya Maria José, a ver, a cuál de tus papás quieres más?” Yo respondía: “No sé papá, a los dos los quiero igual”. Mi respuesta le causaba desesperación y luego me decía: “Si uno tuviera que morir, a cuál eligirías?” Apenas terminaba de pronunciar la frase su boca dibujaba un lamento y su mirada se elevaba al infinito, como pidiéndole al cielo que respondiera: “Tu papá. Tú. Solamente tú.” Dramático como era, como es. Mi vida siempre estuvo llena de este tipo de escenas de teatro. Mi papá realmente es artista: “Me voy a volver boxeador Mari, en cualquier momento podría morir”…me decía. “Y si me vuelvo corredor de carros y estuviera en peligro de muerte, ¿Qué sentirías hija?”. Frente a estas preguntas recuerdo me angustiaba mucho, imaginando a mi papá en alguna de esas escenas mortales que veía en la televisión. Mi mamá, al yo contarle lo que mi papá me decía, me consolaba y me sobaba la cabeza, mientras seguro pensaba en su cabeza “Lo voy a matar”.
Mis papás estaban separados entonces solía ver a mi papá los fines de semana. Cuando paseábamos con él mi hermana y yo, nos decía reiteradas veces, cada vez que íbamos en el carro: “Hijas, cuando yo me haya muerto y escuchen esta canción, piensen en mí…” Seguido de su cara de puchero/lamento y la mirada que se elevaba al cielo, como pidiéndole a Dios que inmortalice su vida a través del amor de sus hijas hacia él. Lo que ocurrió con esta manipulación temprana es que cada vez que escucho esas 7 canciones lloro desconsoladamente, imaginándome que mi papá podría morir y quizás algún día las voy a escuchar y él ya no va a estar acá. Si me ven en algún lugar público y de la nada estallo en llanto al escuchar una canción, ya saben a qué podría deberse.
Mi padre dramático, artista, dibujante, loco y bueno, ha sido para mí un gran maestro. En sus eternos vuelos de la luz a la oscuridad y de la oscuridad a la luz me ha enseñado mucho. Su mayor regalo ha sido el siempre haber creído en mí y el haberme hecho sentir que TODO es posible, y que realmente puedo hacer lo que quiera. Que somos seres en constante transformación, que no hay que etiquetarse como nada, que la libertad no tiene precio, que sea libre, libre, libre. Que sea como soy. Que no tenga miedo a mostrarme. Que sea, que simplemente, sea. Ese ha sido el mayor regalo que él me ha podido dar, además de la vida y todo el amor que me ha hecho sentir.
Me gustaba (y me gusta) cantar y él me decía con una sonrisa de oreja a oreja: “Maria José, ¿No querrás ser cantante? Tu puedes ser lo que quieras hija. El cielo es el límite”. Todo esto me decía desde que tengo uso de razón. Cuando le conté que quería estudiar administración de empresas en la Universidad del Pacífico se deprimió, se fue a quejar a mi colegio, a decir que me estaban asesorando mal. Mi hermanito vomitó en los papeles de aplicación, y mi papá gritaba: ¡Es una señal de Dios! Me repetía todas las noches: “Tú no has nacido para eso, ¡¡¡Si tocas el piano con los ojos cerrados!!! Te vas a morir, no es tu hábitat, ándate a la Católica…” Yo necia como era no lo escuché y cuando, finalizada mi carrera, me di cuenta que no era lo mío, me dijo nuevamente con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos llenos de brillo y esperanza: “¡Por fin te diste cuenta!”
Desde que me empecé a dedicar de lleno al arte no ha hecho más que alentarme y apoyarme. Cree que soy Picasso, y se lo dice a sus amigos, en mi cara. Yo me pongo roja, no sé si sentir vergüenza o alegría por tener un padre que me admire tanto.
Hoy él cumple 65 años, aunque realmente no tiene edad. Es un ser eternamente joven. Para mí, el mejor padre que la vida me ha podido dar. Su vivir tan dramático con sus preguntas siempre cercanas a la muerte, su pasión por correr, por vivir, por sentir, por ser, lo hacen tan auténtico, que realmente me es imposible no quererlo con todo mi corazón. Su gran sensibilidad y amor a la vida me enseñan cada día. Es en muchos sentidos, un gran ejemplo para mí. Con mucho amor le regalo estas palabras para que espero pueda sentir cuánto lo quiero y cuánto aprecio haberlo tenido y tenerlo como maestro en esta vida terrenal. ¡Gracias papá por todo, por lo bueno, lo malo, la luz y la oscuridad!