Mi madre fue mi primer lugar seguro. Crecí muy cerca de ella, separarme era un suplicio. Teniendo dos, tres años, no quería ir al nido. Es más, cuando mi madre estaba por parir, me quedé dormida 8 horas. Una parte de mí no quería salir. Aún puedo recordar la angustia que me daba estar lejos de ella.
De niña, una que otra tarde, mi mamá me dejaba en la casa de mi abuela para irse a hacer ciertas cosas. Cuando volvía a recogerme podía sentir su presencia a 500 metros de distancia, tal como hacen los perros. Estábamos conectadas de forma invisible. Ella tocaba el timbre y yo sabía que era ella. Automáticamente me ponía a chillar (tengo que confesar que era un poco dramática). Sus pies se movían y yo podía verla sin verla, sentirla, olerla. Empezaba a subir las escaleras y yo ya estaba corriendo hacia ella con desesperación para treparme en sus brazos. Ella era mi útero: mi hogar, mi fuente infinita de paz.
En el colegio, de vez en cuando, me olvidaba el maletín de educación física o algún material de arte que tenía que llevar; y una vez más, me angustiaba. Con los ojos llorosos iba donde la recepcionista del colegio, Amalia, que seducida por mi drama, me dejaba llamar a mi mamá. Y así, venía a socorrerme. Aún puedo verla, a las 11 de la mañana, parada frente a la puerta principal del colegio, con su buzo gris, una sonrisa, cargando el maletín que me había olvidado. Iba y la abrazaba. Una gran parte de mí quería irse con ella. El olvido del maletín era quizás una excusa para volver a verla, un deseo inconsciente de volver al útero, donde no había tanto ruido, donde todo era más calmado, donde estaba conectada con la fuente infinita de amor de la cual venimos.
Nacer me generó mucha angustia y mi gran reto ha sido hacerme cargo de ella. Mi sagrada angustia ha sido mi guía en esta búsqueda existencial. Me ha llevado a lugares inhóspitos que han permitido expanda mi consciencia. De buscar afuera, me fui hacia adentro, y aunque el camino haya sido fangoso, a fin de cuentas, ahí encontré mi lugar. Me di cuenta que yo soy mi propia madre y mi propio padre, mi principal cuidadora y mi fuente de paz.
Antes de tenernos a nosotros mismos tuvimos a otro (ser, espacio) que en los inicios nos contuvo. En mi caso, fue mi mamá. Mi madre océano, mi madre que es el mar. Y por ello le quiero agradecer una vez más.
Recordemos que cada uno de nosotros puede ser un espacio seguro para los demás, para un amigo, un hijo o un familiar.
Para ti ¿Cuál fue ese primer lugar seguro? Me encantaría poderte escuchar.