Sueño. Despierto en el sueño. Estoy ahí, presente, me observo. Estoy en la selva. Me han entregado medicina en un vaso de madera. Todo es oscuro. No se ve nada. Escucho ícaros. Mi cuerpo se desdobla. Una mujer se observa a sí misma morir. Esa mujer soy yo, tú, él, ella, nosotros. Veo cómo me traga la tierra, los gusanos son enormes y me devoran. Mi cuerpo se desintegra. Observo cómo muero, y al hacerlo siento muchísima paz. Muchísima paz. Me inunda una sensación de eternidad. Veo cómo muere mi cuerpo y siento mi alma intacta, viva. Ella está ahí conmigo. Ella nunca morirá. En el proceso me acompaña la energía de una madre divina, quizás la Virgen María. Siento mucha luz.
La medicina del ayahuasca sólo la he tomado en sueños, y en esos sueños ella me ha sanado. Me ha puesto cara a cara con mi propia muerte, y al verme morir el miedo a la muerte moría.
Este sueño me visitó hace varios meses y me pedía ser pintado. Esta imagen habita dentro mío y me conecta con la paz, con entender que somos seres que van más allá de la muerte y que de cierta forma, nunca morimos. Creo firmemente en la eternidad.
Y así cada día al dormir, muero; y al soñar, vivo. Despierto y vuelvo a renacer. A estas alturas morir y vivir para mí son sinónimos. La muerte es vida ¡ Y qué hermoso es estar vivo! Meditación y sueño me ayudan a entender de dónde venimos y hacia dónde vamos. Somos todos finalmente parte de un gran mágico ensueño.