El viento cae sobre mi cara y lo siento como un milagro, porque lo es. Inhalo y exhalo. Nuestro espíritu me pide escribir. Canales somos, palabras se sirven de mí para nacer.
En mi propio viaje existencial he tenido que ir a lugares inhóspitos, muy profundos, para encontrarme con nuestra alma y con toda la humanidad. Lejos, muy lejos, para ir cerca, muy cerca. Retiros de silencio, París, Indonesia, Tailandia, trances eternos encerrada en mi taller, viajes del alma y mucha soledad.
Uno de los regalos más grandes que la profunda soledad me ha dado es entender que para ir más allá tenía que salir de ella, encontrarme con otros, y servir en comunidad. Y así, hoy reconozco en la superficie, una GRAN profundidad.
El otro también soy yo. Cuidándolo, me cuido a mí misma, porque somos una UNIDAD. Si limpio afuera, limpio adentro ¡Quizás por eso se siente tan bien trapear! Si ordeno mi cuarto, ordeno mi alma. Si río con otros, río conmigo. Si hago yoga (que de hecho significa “unión”), todos hacemos yoga. Si venzo un miedo, nuestro espíritu se empodera. Si trabajo mi “abdominal”, nuestra alma se fortalece. Si me pongo mi vestido preferido y eso me pone contenta, somos felices. Si medito, todos meditamos. Si sano, todos sanamos. Afuera es adentro y adentro es afuera. Uno es todos y todos somos uno.
Ser artista es pintar cada momento de color. La vida está hecha finalmente de eso, de 24 horas que se repiten una y otra vez. El día a día es lo que cuenta: sonreír al otro y a nuestro reflejo, darnos un cumplido, servirnos la comida con amor.
No es necesario que uno se vaya 3 meses a meditar a India para entrar en contacto con su profundidad. En la superficie ella está: en lo cotidiano, en el día a día, en cómo tratas a tu hijo o a tu mamá. Nuestra mayor obra de arte: cómo nos tratamos a nosotros mismos y a los demás.
En plena cuarentena, con tantas “actividades cotidianas por hacer” esta reflexión pide atención. Cada acción: una oportunidad para hacer arte, servir y crecer en amor.
P.D: Fui y sigo siendo “coockie monster”. En ese momento fui la mascota del color azul en alguna olimpiada colegial. Al verla, sonrío. Me hace recordar que hay que disfrazarnos, reír y jugar. Finalmente la vida está hecha de eso, de momentos superficialmente profundos.